Imagina que dedicas horas a escribir un artículo sobre cambio climático, lo publicas en redes sociales y, antes de que puedas pestañear dos veces, alguien comenta: «Menuda tontería, el planeta siempre ha tenido ciclos». No aporta datos, no argumenta, simplemente busca provocar. Bienvenido al mundo del trolling, ese fenómeno digital que convierte espacios de conversación en campos de batalla emocionales. Según diversos análisis de comportamiento en redes sociales, entre un 5% y un 14% de usuarios de internet admiten haber participado en conductas de trolling de manera habitual. ¿Te has preguntado alguna vez qué lleva a alguien a dedicar su tiempo libre a molestar deliberadamente a desconocidos?
En 2024, cuando las redes sociales son prácticamente una extensión de nuestra identidad, comprender las motivaciones ocultas detrás del trolling no es solo un ejercicio académico: es una necesidad urgente para construir entornos digitales más saludables. El trolling impacta la salud mental de millones de personas, erosiona el debate público y perpetúa dinámicas de poder que, desde una perspectiva de izquierdas, debemos cuestionar activamente. En este artículo exploraremos los mecanismos psicológicos que explican por qué las personas hacen trolling, las estructuras sociales que lo facilitan y, lo más importante, cómo podemos identificarlo y responder de manera efectiva.
¿Qué es exactamente el trolling y por qué importa?
El trolling se define como un comportamiento online deliberadamente disruptivo, provocador o molesto, cuyo objetivo principal no es el debate constructivo sino generar reacciones emocionales negativas en otros usuarios. A diferencia de un simple desacuerdo, el troll no busca convencer ni aprender: busca desestabilizar.
La evolución del concepto
El término tiene su origen en la cultura de internet de los años 90, específicamente en foros como Usenet. Inicialmente, «trollear» significaba lanzar un «cebo» (como en la pesca de arrastre o «trolling» en inglés) para ver quién «picaba» y respondía de manera exagerada. Con el tiempo, la práctica ha evolucionado y diversificado: desde comentarios sarcásticos hasta campañas coordinadas de acoso, conocidas como brigading o raids.
El contexto actual: polarización y algoritmos
Hemos observado que el trolling se ha intensificado dramáticamente en los últimos años, alimentado por dos factores clave: la polarización política creciente y los algoritmos de redes sociales que priorizan el contenido que genera reacciones intensas. Como señalan diversos estudios sobre economía de la atención, las plataformas digitales tienen incentivos económicos para mantener a los usuarios enganchados, y el conflicto es notablemente efectivo para lograrlo. Desde una mirada crítica de izquierdas, debemos reconocer que el trolling no es solo un problema individual sino también estructural: es el producto de sistemas diseñados para extraer valor de nuestras emociones.
Las motivaciones psicológicas: ¿qué hay detrás de la máscara?
¿Qué impulsa a alguien a invertir energía en molestar a otros? Las investigaciones en ciberpsicología han identificado varios perfiles motivacionales que, lejos de ser mutuamente excluyentes, suelen solaparse.
La tríada oscura de la personalidad
Diversos estudios han encontrado correlaciones significativas entre el trolling y rasgos de la llamada «tríada oscura»: maquiavelismo, narcisismo y psicopatía subclínica. Las personas con puntuaciones altas en estos rasgos tienden a disfrutar manipulando a otros, carecen de empatía y buscan gratificación inmediata sin considerar las consecuencias de sus actos. Un estudio publicado en Personality and Individual Differences encontró que estos rasgos, combinados con lo que los investigadores llaman «sadismo cotidiano» (el disfrute del sufrimiento ajeno en contextos no patológicos), predicen significativamente la conducta de trolling.
Desde mi experiencia profesional, sin embargo, creo que es importante no patologizar excesivamente estas conductas. No todos los trolls presentan trastornos de personalidad; muchos son personas ordinarias que, bajo ciertas circunstancias y en determinados contextos, adoptan comportamientos problemáticos.
Aburrimiento y búsqueda de entretenimiento
Una motivación sorprendentemente común es simplemente el aburrimiento. Investigaciones cualitativas han revelado que muchos usuarios admiten hacer trolling «por diversión» o «para pasar el rato». Es como si internet se hubiera convertido en un patio de recreo sin supervisión donde provocar es un juego. Esta banalización del daño psicológico me resulta particularmente preocupante: normaliza la crueldad como entretenimiento legítimo.
Invisibilidad y desindividuación
El anonimato online actúa como un potente desinhibidor. La teoría de la desindividuación sugiere que cuando las personas sienten que su identidad personal es invisible o diluida en un grupo, disminuye su sentido de responsabilidad individual y aumentan las conductas antisociales. En Twitter (ahora X), Reddit o los comentarios de periódicos digitales, podemos observar diariamente este fenómeno: personas que jamás insultarían cara a cara se sienten libres de lanzar invectivas desde la comodidad del anonimato.
Caso de estudio: Gamergate y el trolling organizado
El caso de Gamergate (2014) ilustra cómo el trolling puede evolucionar hacia campañas de acoso coordinado. Lo que comenzó como supuestas preocupaciones sobre «ética en el periodismo de videojuegos» se transformó rápidamente en una campaña de acoso masivo, principalmente contra mujeres de la industria. Anita Sarkeesian, Zoë Quinn y otras fueron víctimas de amenazas de muerte, doxing y trolling sistemático. Este ejemplo muestra cómo el trolling puede servir a agendas políticas (en este caso, antifeministas) y convertirse en una forma de violencia digital con consecuencias muy reales.
Las dimensiones sociales y políticas del trolling
Trolling como herramienta política
No podemos ignorar que el trolling se ha convertido en una táctica política deliberada. Las «granjas de trolls» rusas que interfirieron en elecciones occidentales, los ejércitos digitales al servicio de distintos gobiernos autoritarios, o los grupos organizados que buscan silenciar voces progresistas mediante acoso coordinado: todo esto trasciende la conducta individual molesta para convertirse en estrategia de control social.
Desde una perspectiva de izquierdas, debemos reconocer que el trolling no afecta a todos por igual. Las minorías, las mujeres, las personas LGTBIQ+ y otros colectivos vulnerables son objetivos desproporcionados. El trolling, en estos casos, es una forma de mantener jerarquías de poder y silenciar discursos contrahegemónicos. Como bien señala la académica Whitney Phillips en su trabajo sobre cultura troll, estas prácticas no ocurren en un vacío: reproducen y amplifican las estructuras de opresión existentes en la sociedad offline.
La economía de la atención y el clickbait emocional
Vivimos en una economía donde la atención es el recurso más valioso. Los medios digitales, presionados por modelos de negocio insostenibles, a menudo amplifican contenido polarizador porque genera clics. El trolling se alimenta de este ecosistema: cuanto más indignante o provocador el contenido, más interacciones genera, más visible se vuelve. Es un círculo vicioso donde la provocación paga y el matiz se castiga.
El debate sobre la moderación de contenidos
Existe una controversia actual sobre hasta qué punto las plataformas deben moderar el trolling. Por un lado, tenemos quienes defienden una «libertad de expresión absoluta» y ven cualquier moderación como censura. Por otro, están quienes argumentan que el trolling sistemático silencia voces y, por tanto, la falta de moderación paradójicamente limita la libertad de expresión de las víctimas. Personalmente, me posiciono del segundo lado: la libertad de expresión no puede ser una carta blanca para el acoso sistemático. Las plataformas tienen responsabilidad social.
Cómo identificar el trolling: señales de alerta
Reconocer el trolling a tiempo puede ahorrarte mucha energía emocional. Aquí algunas señales clave:
| Señal | Descripción | Ejemplo |
|---|---|---|
| Provocación sin argumento | Afirmaciones incendiarias sin datos ni razonamiento | «Todos los psicólogos son unos charlatanes» |
| Cambio constante de tema | Cuando refutas un punto, salta a otro diferente | Discutes datos y responde atacando tu gramática |
| Lenguaje extremo y absoluto | Uso de términos como «siempre», «nunca», «todos» | «NADIE cree eso que dices» |
| Falta de empatía aparente | Indiferencia ante el daño emocional causado | «Es solo internet, relájate» |
| Patrones repetitivos | Historia de comentarios similares en múltiples hilos | Perfil lleno de comentarios provocadores |
La regla de oro: no alimentes al troll
El consejo clásico de internet sigue siendo válido: «Don’t feed the trolls» (no alimentes a los trolls). ¿Por qué? Porque la mayoría busca precisamente tu reacción emocional. Responder les da lo que quieren: atención, sensación de poder y entretenimiento. Piensa en ello como darle de comer a un gremlin después de medianoche: solo empeoras la situación.
Estrategias prácticas para lidiar con el trolling
A nivel individual
1. Pausa antes de responder: Cuando leas algo que te encienda emocionalmente, espera cinco minutos. La reacción impulsiva es exactamente lo que busca el troll.
2. Evalúa si vale la pena: Pregúntate: ¿esta persona está realmente interesada en el diálogo o solo busca provocar? Si es lo segundo, tu energía se gasta mejor en otra cosa.
3. Usa las herramientas de la plataforma: Bloquear, silenciar, reportar. No es cobardía; es higiene digital. Proteger tu salud mental es prioritario.
4. Documenta el acoso: Si el trolling escala a acoso o amenazas, haz capturas de pantalla. Puede ser relevante para denuncias formales.
A nivel comunitario
1. Crea y refuerza normas claras: Los espacios digitales con códigos de conducta explícitos y moderación activa tienen menos problemas de trolling.
2. Apoya a las víctimas: Cuando veas a alguien siendo trolleado, no seas espectador. Un comentario de apoyo puede marcar la diferencia.
3. Educa sobre empatía digital: Hemos visto que programas educativos sobre ciudadanía digital pueden reducir conductas problemáticas, especialmente entre adolescentes.
A nivel sistémico
Desde una perspectiva estructural, necesitamos presionar para que las plataformas implementen:
- Algoritmos menos polarizadores: Que no prioricen exclusivamente el engagement emocional
- Moderación más robusta: Con recursos humanos adecuados, no solo IA
- Transparencia en la toma de decisiones: Sobre qué contenido se elimina y por qué
- Rendición de cuentas: Consecuencias reales para el acoso sistemático
El futuro del trolling: ¿hacia dónde vamos?
La pregunta que me hacen frecuentemente en consulta es: ¿el trolling va a empeorar? Honestamente, creo que enfrentamos un momento crítico. Por un lado, la inteligencia artificial puede facilitar el trolling automatizado y a escala masiva (bots cada vez más sofisticados, deepfakes, etc.). Por otro, también ofrece herramientas más efectivas de detección y moderación.
La dirección que tomemos dependerá de decisiones colectivas. ¿Seguiremos permitiendo que los espacios digitales se conviertan en zonas sin ley donde prima la crueldad? ¿O construiremos, como sociedad, normas y estructuras que favorezcan el respeto y el diálogo genuino?
Desde mi posición humanista de izquierdas, creo firmemente que internet puede y debe ser un espacio de encuentro, aprendizaje y organización colectiva. Pero eso requiere compromiso activo. No podemos esperar que las corporaciones que lucran con el conflicto lo resuelvan por bondad. Necesitamos regulación democrática, alfabetización digital masiva y, sobre todo, recuperar la empatía como valor central de nuestras interacciones online.
Conclusión: recuperando la humanidad digital
A lo largo de este artículo hemos explorado las múltiples caras del trolling: desde las motivaciones psicológicas individuales (tríada oscura, aburrimiento, anonimato) hasta las dimensiones estructurales y políticas que lo facilitan y amplifican. Hemos visto que no es simplemente cuestión de «gente mala» en internet, sino el resultado de diseños de plataformas que priorizan el engagement sobre el bienestar, de desigualdades de poder que se reproducen digitalmente, y de una crisis más amplia de empatía y conexión humana.
Las estrategias prácticas que hemos discutido —desde el «no alimentes al troll» hasta el apoyo comunitario y las demandas de cambio sistémico— no son soluciones mágicas, pero sí herramientas que, usadas consistentemente, pueden marcar diferencia. Cada vez que decides no responder a una provocación, cada vez que apoyas a alguien siendo acosado, cada vez que exiges mejores prácticas a las plataformas, estás contribuyendo a un internet más habitable.
Mi llamada a la acción es doble: primero, cuida tu propia salud mental digital. No tienes obligación de aguantar comportamientos tóxicos. Establece límites, usa las herramientas disponibles, prioriza tu bienestar. Segundo, participa en la construcción de mejores espacios digitales. Eso puede significar ser moderador en una comunidad, educarte y educar sobre ciudadanía digital, o sumarte a movimientos que exigen regulación democrática de las plataformas.
El trolling no es inevitable. Es el producto de decisiones de diseño, incentivos económicos y normas sociales que podemos cambiar. Como psicólogo y como ciudadano comprometido con una sociedad más justa, creo que tenemos la responsabilidad —y la capacidad— de construir un internet que refleje lo mejor de la humanidad, no lo peor. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a hacer el trabajo necesario?
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